¿Por qué tengo que perder con estos idiotas?

Fuente: JotDown

Foto-Angie-Garrett-CC

¿Y si todo fuera mentira? ¿Y si la mariposa que soñaba el rey fuese el rey que soñaba la mariposa y no la mariposa que soñaba el rey? ¿Y si hay más que yo tú aquí ahora? ¿Y si, por el contrario, Calderón tenía razón y los sueños, sueños son? Y si…

¡Pará la máquina, viejo!

Sí, pero…

Pero nada, hoy meto otro gol y ya está.

¿Cómo que un gol, qué decís?

¡Soy Messi, pibe, soy Messi…!

Así es, la filosofía de calefón (en la cocina, con un mate en la mano y una galletita en la otra, sentados en sillitas minúsculas alrededor de una mesita enana) siempre se estrella con la realidad. La realidad del gol de Messi. La realidad del aire frío en la cara, del rayo de sol, de la mañana limpia, del grito de angustia, de las lágrimas por los muertos, de la soledad incierta, del vecino que da golpes a las seis de la mañana, de la vecina que jadea a las tres como si a la noche siguiente no fuese a hacer el amor de nuevo. La realidad. La que nos gusta o la que no. Tengo un amigo que se sacó las gafas y se peleó con un grupo de adolescentes que hacían ruido en la calle: la realidad. Uno quiere ser feliz y no meterse en problemas, pero no se pueden elegir algunas cosas.

Entonces, ¿para qué jugar al ajedrez?

Ciertamente. Me alegra que me haga esa pregunta. El ajedrez es meterse en problemas; uno detrás de otro. Inmersión total en una parcela de realidad. Que si mi caballo queda atrapado y ahora qué cuernos hago. Que si me equivoqué en el cálculo de la combinación y ahora pierdo. Que si el peón por aquí, el peón por allá, que si patatín y patatán. En un artículo anterior, decía que hay tres fuentes para la estética en ajedrez: 1) las que tienen que ver con el tablero y las piezas, 2) las que tienen que ver con los jugadores y 3) las que tienen que ver con el juego. De las últimas ya me ocupé aquí. Hoy voy a dar pinceladas acerca de algunos personajes que pueblan las segundas, porque algunos de estos, los jugadores, son capaces de todo por el ajedrez, hasta de cometer un asesinato. Por muy terrible que eso sea, es material para la literatura.

Primero déjenme que introduzca el tema el bueno de Aaron Nimzowich, gran ajedrecista y teórico del primer cuarto del siglo XX. Su libro Mi sistema ha enseñado a generaciones de ajedrecistas. Aaron tuvo la mala fortuna (o buena, según se mire) de coincidir en el tiempo con grandes grandísimos del ajedrez como Capablanca,Lasker o Alekhine, por lo que nunca llegó a campeón del mundo. En 1918, después de perder una partida rápida en Berlín, tuvo un arrebato de genio absoluto y exclamó (lo pongo en alemán que es más gráfico que el castellano; la traducción en el título de este artículo):

Gegen diesen Idioten muss ich verlieren!

Es así. Muchos jugadores de ajedrez creen poseer, erróneamente, algún tipo de potestad mental sobre su oponente. Bobby Fischer, en una de sus famosas frases decía:

Me gusta ese momento en que quiebro el ego de mi rival.

Hoy día no hay escritor que se precie sobre ajedrez que no hable de Bobby; muy pronto se estrenará una nueva película sobre su vida.

Pero estos jugadores no se paran a pensar que quizás no se trata de demostrar sobre el tablero quién tiene más inteligencia, sino quién sabe jugar mejor al ajedrez. O quizás, ni siquiera eso. Se puede saber jugar mejor al ajedrez y aun perder, ya que la propia partida de ajedrez es un mundo en sí mismo, depende de tantos factores que sobrepasan el conocimiento del juego: hay que estar despierto, con la atención permanente en la jugada, mostrando unos nervios de acero. Y si no que se lo digan a Carlsen que dejó escapar una victoria cantada contra Nakamura hace unos días en el fortísimo torneo de San Luis, en Estados Unidos. «Me distraje en un solo movimiento», confesó el pobre Magnus, desolado. En ajedrez, una sola jugada basta para echar por tierra una obra maestra. Un solo segundo de distracción y la combinación no sirve, la jugada ya no es la mejor, el contrario se repone y donde había victoria ahora hay tablas o incluso derrota. Muchos niños se ponen a llorar cuando creen que es injusta la derrota después de haber jugado mejor: no entienden que «jugar mejor» es relativo y que la partida muchas veces se resuelve por detalles. En mi caso, me desplomo, literalmente: este año he comenzado a jugar torneos después de veinticinco años sin jugar y ya me he desmayado dos veces ante la incredulidad de mis oponentes. En la federación ya me van conociendo. Hay jugadores que tiran el tablero (dicen que lo hacía constantemente Marlon Brando cuando se veía perdido), otros arrojan un zapato (como el GM Dvoirys) o estrellan el rey (ni más ni menos que el campeón del mundo Alekhine en su partida contraGruenfeld, en 1922) o, simplemente, se van —airados, sin dar más explicaciones— como hizo von Bardelebenen 1895 contra el gran Steinitz.

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La posición de Carlsen-Nakamura 2015 antes de cometer una imprecisión (Ae3?, permitiendo a las negras jugar Tb8! y entrar en un final de torre contra pareja de alfiles). La posición final, tablas muertas. Imagen: Diego Rasskin.

Hay historias trágicas que dan para más de una película. En 1959 dos científicos en la base antártica de Vostok la liaron. Imaginemos el paisaje y la escena: blanco sobre blanco, las casillas serían difíciles de visualizar, no hay internet, no hay casi nada, solo un juego de ajedrez, una partida, una discusión… Asesinato en el frío. El ego del jugador es demasiado frágil, tanto como para que uno de ellos acabe con la vida del otro de un hachazo. Todo por un simple jaque mate. Y no es la única historia de este tipo, por desgracia hay multitud de historias de jugadores que se enzarzan en peleas por un peón mal movido o una jugada maestra, tanto da. Woody Allenretrató a la perfección, en un relato cómico y estereotipado que no tiene desperdicio («The Gossage-Vardebedian Papers») la psicología de dos ajedrecistas que juegan por correo. Poco a poco se van escribiendo cartas cada vez más surrealistas: los dos creen estar ganando inútilmente y van haciendo jugadas imposibles hasta que ambos aseguran haber hecho jaque mate. Cada uno niega la jugada del otro, cada uno niega al otro. El cuento termina apoteósicamente con los dos jugadores comenzando una partida de Scrabble, también por correo, donde el más listillo se adjudica la primera palabra, «ZANJERO», dejando el score 116 a 0.

Otra historia que llama poderosamente la atención, porque es casi tan surrealista como la de Woody Allen, es la de dos cosmonautas soviéticos peleándose en microgravedad por una partida (supongo que usarían un ajedrez magnético). ¿Qué tiene que pasar por la cabeza del jugador para estar a cientos de kilómetros de altura en una estación espacial —¡ni más ni menos!— y aun así liarse a bofetadas por una simple dama? A raíz de este episodio, la Unión Soviética prohibió a sus astronautas jugar al ajedrez en el espacio, aunque sí podían hacerlo con la estación de control (menos arriesgado…). Sin duda, el ajedrez es un deporte extremo.

Al jugador temperamental que no se explica las derrotas habría que contarles que en el juego, como en la vida, no solo todo es pasajero, sino también mutable e inconsecuente. También los hay que, además de sentirse superiores, muestran cierto desprecio por su oponente. Dos historias de estética más bien lamentable, una deGary Kasparov y otra de Viktor Korchnoi ilustran este punto. En 2003, en Linares, Kasparov perdió una célebre partida contra el Gran maestro de Azerbaiyán, Teimour Radjabov, que en ese entonces tenía quince años. Se encabronó tanto que se fue en posición perdida y dejó que se acabase el tiempo. Después volvió al escenario donde se anunciaba el premio a la partida más bella para Radjabov por su victoria y, quitándole el micrófono al presentador, comenzó a increpar a todo el mundo asegurando (con razón) que la tenía ganada y que solo la perdió por un error de bulto, o sea que, según él, la partida de bella nada. ¡Sí, la tenía ganada, pero hay que seguir jugando hasta el final! El GM Nigel Short defendió el juego de Radjabov, explicando que en posición perdida, el chico había hecho un bello sacrificio de pieza que había roto el ritmo de Kasparov de tal modo que, pocas jugadas después, le predispuso a cometer un error de bulto. Y es que una partida no está perdida hasta que está perdida. Lamentable también fue la reacción de Korchnoi contra la Gran Maestra americana (nacida en Odessa) Irina Krush, en una partida disputada en 2007. Después de perder, Viktor le espetó: «es bueno conocer la teoría, pero sería mejor que aprendieras también a jugar al ajedrez».

En los dos casos, jugadores legendarios que no tenían nada que demostrar, acostumbrados a ganar, no a perder, se resisten a rendirse ante la evidencia: simplemente, en esas partidas —y no en otras— tanto Radjabov como Krush supieron leer mejor y aprovechar mejor sus oportunidades. En cambio, Kasparov y Korchnoi lo toman a título personal, uno porque pierde contra un niño de quince años y otro porque lo hace contra una mujer. A los ojos de los dos campeones, resultaba inadmisible. Y es que los prejuicios, por desgracia, se han alterado muy poco a lo largo de la historia.

Por suerte la mayoría de los jugadores son gente muy dispuesta a analizar concienzudamente la partida que acaban de perder con su rival, en lugar de sacar el hacha: es parte de la honorabilidad (y de la estética) que se le otorga al juego. Por otro lado, cada vez hay más chicos y chicas jóvenes jugando torneos a gran nivel. En cuanto a las mujeres, el número de jugadoras y el nivel mostrado por las grandes maestras femeninas en la actualidad empieza a acercarse a los logros de la legendaria Judith Polgar (que estuvo en el top 10 absoluto). Los prejuicios se acaban donde empieza la evidencia de una jugada bella. Haga quien la haga.

Lo que uno piensa de sí mismo se choca una y mil veces con la realidad, pero fluye a sus anchas por los sueños. El rey y la mariposa, la mariposa y el rey. Messi sigue metiendo goles (Lewandowski mete cinco en nueve minutos y Gasol, bueno, a Gasol hay que darle de comer aparte). Mi amigo salió bien parado de la pelea. Cuando la policía tomó declaración a los pobres chavales, estos les dijeron que el puto viejo sabía kung-fu. Sin duda, uno no puede pasar por la vida sin problemas, para eso a veces sí que ayuda tener unos puños faster than light!

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